sábado, marzo 12, 2011

Navegante que no singla

Por Andrea Abarca

Tengo sueño, mucho sueño, todo el sueño…[1]
Fernando Pessoa

Si Fernando Pessoa se dio cuenta que después de haber escrito El libro del desasosiego era un espléndido sueño, qué simple sería, y si se percató que fue real, que complejo y nihilista sonaría; la segunda opción es la más viable porque precisamente no fue un sueño. Cada hombre crea su propia realidad, por ello, esta fémina incierta es tan subjetiva como el arte y tan polisémica como un texto literario. ¿Qué es lo real? Cada quien tendría su propia respuesta. La realidad individual si se analiza no existe, cada quién tiene diversas cosmovisiones, por tanto, no es una sola, ésta tiende a ser policromática y algo que no es igual a uno, por ende no lo será a otro, concluyendo en la variedad de realidades. La realidad es sólo una interpretación de cada sujeto, por consiguiente, cada ente es apenas un elemento dentro de la realidad. Cabe aclarar que ninguno tiene la misma concepción de los objetos, cada quién clasifica de acuerdo a sus conocimientos. ¿Qué sucede con lo que Pessoa plantea que cuanto más diferente es alguien de él, más real le parece porque menos depende de su subjetividad?[2] Se refiere al hecho de que los objetos en sí son inaccesibles, y en cuanto se asimilan y forman parte de una realidad particular, éste se ve afectado por la subjetividad del individuo y al formar parte de ella, éste deja de existir porque se ha insertado en una realidad ficticia individual, por tanto, dicho objeto deja de ser un fenómeno colectivo. Lacan afirma que la realidad se construye desde la imagen del otro[3], la imagen es una realidad, luego la imagen ocasiona el juego de espejos para crear realidad. El mismo psicoanalista francés pondera tres principios de intersección que hacen posible la realidad: lo real, lo imaginario y lo simbólico.[4] Todo artista parte de un acontecimiento real, posteriormente, se aplica lo que Leonardo da Vinci asume: el artista debe darse cuenta de la libertad absoluta que tiene para crear y para añadir a la naturaleza la humanidad de su imaginación[5]. Finalmente, la pieza de la realidad se transforma en un símbolo, puesto que es un objeto sin semejanza, sin contigüidad, convencionalmente aceptado por la sociedad.
     Las realidades subjetivas no pueden ser ecos oprimidos, y debido a esa “modestia” del lenguaje, se desarrolla la realidad colectiva, que consiste en un determinado número de símbolos (y ya no signos), que han trascendido dentro de los grupos sociales con valor unitario en la universalidad.

   Puedo imaginarlo todo, porque no soy nada. Si fuese algo, no podría imaginar [...][6]
  Un hombre puede, si posee verdadera sabiduría, disfrutar del espectáculo completo del mundo en una silla, sin saber leer, sin hablar con nadie, sólo mediante el uso de los sentidos y el alma no sabe estar triste [...][7]

     Libro del desasosiego, como su mismo nombre lo dice, es el libro del tedio, del hastío, de la desesperación, etcétera. La mortificación que existe alrededor de la descripción de esta obra poética, es tan excesiva que se podría perder la pulcritud del alma, la esencia estética del espíritu y las ganas de ver con vida la materia que conforma los objetos. El mismo Pessoa se asquea con su trivialidad, es como si estuviese expuesto a la modorra y ya no tuviese ganas de vivir, dejar de ser para ser otro o al menos, encontrar un yo más complejo, más obnubilante, porque como él mismo dice: …sabio es quien monotoniza la existencia puesto que entonces cada pequeño incidente tiene un privilegio de maravilla… Parece ser que en ese tiempo no encontró la monotonía de su existencia, ya que cuestionó los problemas ontológicos, y debido a su intelecto tan agudo no pudo encontrar la serenidad, porque como él externa: la vida es para los tontos, porque sólo ellos viven sin preocupaciones. El autor portugués logra generar con su hastío una náusea pessoana que fácilmente es transmitida como cualquier virus a cualquier mortal. No sé hasta dónde es capaz de llegar el lector con la lectura de cada página. Son esos problemas ontológicos, existenciales, metafísicos, científicos, morales, éticos, religiosos, políticos, sociales, entre otros, los que preocupan a Fernando Pessoa bajo el heterónimo de Bernardo Soares. Bernardo Soares es como el perfecto hombre común quien sólo se mantiene en casa u oficina. Cualquier semental puede identificarse con este personaje, pues logra impregnar la simpleza y la monotonía de un empresario, víctima de cuatro paredes frías bajo el mando de un jefe que sólo se preocupa por dinero. La banalidad del trabajo hostiga como a cualquiera, pero es un hostigamiento que a veces se desearía estar en un sueño por miedo a la rutina. Son esos actos secuenciales que hacen al ser humano un ente ruin, mezquino, flemático e indiferente ante lo sensible, pero a pesar de los hechos que inclinan al individuo hacia la hostilidad del presente, siempre hay pequeñas cosas (como dijera Mercedes Sosa y Joan Manuel Serrat) que logran agudizar la vista y el oído a través de las artes. Porque como bien han sostenido los filósofos antiguos, renacentistas y modernos, que de los cinco sentidos, los únicos que tiene mayor validez por ser los más complejos y vulnerables a la interpretación, son la vista y el oído, los demás son el complemento.

¡Ah, comprendo! El patrón Vásquez es la Vida. La Vida, monótona y necesaria, dirigente y desconocida. Este hombre trivial representa la trivialidad de la Vida. Él lo es todo para mí, por fuera, porque la Vida lo es todo para mí por fuera.
   Y, si la oficina de la Calle de los Doradores representa para mí la Vida, este segundo piso mío donde vivo, en la misma Calle de los Doradores, representa para mí el arte […][8]

     El entorno de Bernando Soares es tan enfermo e infeccioso que cualquiera pudiese tener los helmintos del tedio, cabe aclarar que este parásito sólo ataca a los ociosos, sólo ellos pueden tener la dicha de conocerlo. La esencia del ser y la realidad, las manifestaciones y principios que rigen al ser humano, es la metafísica.

El tedio es, sí, el aburrimiento del mundo, el malestar de estar viviendo, el cansancio de haberse vivido; el tedio es, en verdad, la sensación carnal de la vacuidad prolija de las cosas. Pero el tedio es, más que esto, el aburrimiento de los otros mundos, existan o no;… [9]

     Algo que ha sofocado a Soares es la religión. Desde siglos remotos se han venido esclareciendo u oscureciendo los enigmas religiosos, diversos comentarios giran en torno a las especulaciones cristianas. El dogma religioso en la Edad Media era teocéntrica, los pueblos estaban manipulados por los altos mandos eclesiásticos y no había otra opción más viable que obedecer a la divinidad. La religión en el siglo XX es de carácter extremista, pues el mismo siglo es denominado como el siglo del extremismo, puesto que los actos humanos se perfilaron hacia niveles abismales y en algunos países este centenar de años sirvió para la medra en el sector económico. Pero esto no es lo que interesa a Pessoa, sino la opulencia mediocre de los creyentes y la falta de fe para muchos.
     Berkeley rechaza rotundamente la existencia de la materia, para él no hay mejor idea que la teleología del espíritu. Berkeley plantea que cualquier individuo puede pensar que por medio del espíritu se puede saber sobre la extensión infinita de Dios, dicho en otras palabras, la idea de Dios, pero resulta que como todo precepto divino, Dios es único, no se presta a la contigüidad, luego Dios no puede ser idea, mucho menos una palabra, entonces, si Él no puede ser ninguna de estas dos opciones, los hombres que mantienen su creencia en el Ser ubicuo, se han formado una mala idea de su existencia, puesto que Dios no es idea, mucho menos palabra, por consiguiente, los apóstoles no divulgaron con certeza la gloria del Omnipotente, pues no es idea ni palabra, medio por el cual ellos revelaban los misterios. ¿Quién es realmente Dios? Esta pregunta siempre se mantendrá en vilo, nadie le podrá dar una respuesta, salvo a que el organismo muera y el ánima pueda desprenderse, aunque esto es meramente idealista, pero nadie, absolutamente nadie sabe lo que hay después de la muerte, por tanto, nadie puede comprobar la presencia de Dios, a menos que como dijera Judas: En cambio ustedes, queridos hermanos, construyan su vida sobre los fundamentos de su santísima fe…[10]

He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes a escogido a la Humanidad como sucedáneo de Dios […][11]

     En la mayoría de los poemas del Libro del desasosiego, se exponen las corrientes filosóficas y estéticas, he ahí el título del libro. Fernando Pessoa tiene destreza en el manejo de estas cuestiones, por ejemplo, enuncia las ideas simples, las ideas complejas y la abstracción de John Locke; temas que revolucionaron el pensamiento intelectual y filosófico de la estética inglesa en el siglo XVII. Para Locke las manifestaciones del espíritu se reducen a sensaciones, es decir, que las sensaciones del mundo exterior e interior nos pueden facilitar las ideas simples, por ejemplo, las características generales de un elemento (color, tamaño, textura…), y la síntesis de estas sensaciones simples constituyen las ideas complejas, pues de cierto modo, el intelecto puede agrupar o clasificar la idea de los objetos para encontrar su causalidad o utilidad[12]. Con la abstracción, Locke se refiere a la esencia de los entes, pero el rastreo de la esencia se ejecuta con el desglosamiento de cada elemento que conforma la unidad; con el análisis de los elementos se puede llegar a la esencia. Pero Berkeley contradice a Locke y sostiene que no es necesaria la separación y analizar por cada parte, sino todo lo contrario; esto quizá se deba a que Berkeley no fue materialista, sino espiritualista[13]. Además, también está presente la ideología de Kant, con la teoría de las sensaciones, en el que sólo el desinterés es estético, en lo que hay interés, hay intelecto, más no belleza, porque con lo estético se puede lograr el entendimiento, pero un entendimiento que no se puede explicar porque ahí se encuentra implícito el a priori, y si alguien quiere explicarse a sí mismo el placer que le causa dicho objeto al observarlo, estaría contradiciéndose a los postulados de Kant, puesto que se estaría perdiendo el a priori, que es lo mismo a tener un conocimiento previo en base a la intuición. Y si algo es bello en la estética general, es la intuición, pues nada mejor que ella para obtener conocimiento. Justamente eso le ocurrió a Fernando Pessoa, dedicó atención a las explicaciones de sus sensaciones, manifestándose él mismo su repudio.

Para sentir la delicia y el terror de la velocidad no necesito automóviles veloces ni trenes expresos. Me basta un tranvía y la espantosa facultad de abstracción que poseo y cultivo.
    En un tranvía en marcha, sé, gracias a una actitud constante e instantánea del análisis, separar la idea de tranvía de la idea de velocidad, separarlas del todo, hasta que son cosas-reales diferentes. Después, puedo sentirme siguiendo, no dentro del tranvía, sino dentro de su mera-velocidad…
   Correr riesgos reales, además de empavorecerme, no es por miedo que yo sienta excesivamente, me perturba la perfecta atención a mis sensaciones, lo que me molesta y despersonaliza. […][14]

     Pero en el poema 320 en el apartado de la “Estética de la indiferencia”, como su mismo nombre lo dice, se reivindica. Hasta el tono es más pasivo.

   No sentir nunca sinceramente sus propios sentimientos, y elevar su pálido triunfo al punto de mirar indiferentemente a sus propias ambiciones, ansias y deseos; pasar por sus alegrías y angustias como quien pasa por lo que no le interesa…[15]

    Hace un siglo, Portugal dio al mundo a un hombre, que fue más allá de ser un hombre y cuando escribía poesía en prosa (fue el tipo de poesía que más le complacía por su valor gimnástico, es decir, por su flexibilidad) perdía forma corporal y se extendía para ser infinito, rebasando a la naturaleza y no se diga más, se divinizaba, se creía más grande que Dios. Estas características son las que pondera Kant en su teoría de la sublimidad: un hombre es sublime cuando reconoce que está por encima de todo ente que ocupa un lugar en el espacio, tanto que se considera más elevado que lo intangible.

   Soy más viejo que el Tiempo y que el Espacio porque soy consciente. Las cosas se derivan de mí; la Naturaleza entera […] de mis sensaciones […][16]

     Pessoa nunca imaginó ser un poeta tan influyente, según él, envidiaba a los hombres que completaban obras literarias, pero más que la envidia a otros, era una envidia modesta que él mismo se tenía. Él confiaba en sus capacidades intelectuales, pero sólo los que lo vieron crecer en el rubro literario, se pueden formar una idea de cómo era su personalidad. Los psicoanalistas pueden ser testigos de ello, pero ese no es el objetivo de la literatura. Al dar explicaciones a una obra, se arrancarían las vastas interpretaciones por cada ser humano, por consiguiente, se seguiría un mismo parámetro. La finalidad de la literatura es la polisemia del lenguaje y alcanzar estadios bien sea de desasosiego o de armonía.  
     Algo que es verosímil, sin temor a la reprobación de mi intuición y mucho menos a la corriente pessoana, algo que es común en todo quehacer artístico, específicamente en el poeta es que: el poeta nació después de su muerte, porque fue después de su muerte cuando nació la estimación por el poeta[17].










Fernando Pessoa (2008), Libro del desasosiego, Seix Barral Biblioteca Formentor, Madrid.
Antonio Durán Ruiz y José Martínez Torres (2010), Castilla. Estudios de literatura, Universidad de Valladolid, España.
Raymond Bayer (2000), Historia de la estética, FCE, México.
Anónimo (1989), Biblia latinoamericana, Editorial Verbo Divino, España.
José Antonio Robles (1990), Estudios Berkeleyanos, UNAM, México.


[1] Fernando Pessoa. “145”, en Libro del desasosiego, página 136.
[2] Ibid. Página 198.
[3] Antonio Durán Ruíz y José Martínez Torres. “La pretensión del realismo literario”, en Castilla, página 94.
[4] Ibid. Página 95.
[5] Raymond Bayer. “Leonardo da Vinci”, en Historia del arte, página 119.
[6] Ibid. Página 300.
[7] Ibid. Página 65.
[8] Ibid. Página 266.
[9] Ibid. Página 367.
[10] Judas. “18, 20”, en Biblia Latinoamericana, página 568.
[11] Ibid. Página 21.
[12] Ibid. Página 154.
[13] José Antonio Robles. “La abstracción de John Locke”, en Estudios berkeleyanos, página 67.
[14] Ibid. Página 117.
[15] Ibid. Página 270.
[16] Ibid. Página 171.
[17] Ibid. Página 29.

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